El alcohol es posiblemente la droga conocida más antigua del mundo. Se obtiene mediante la fermentación de grano, fruta o miel, desde hace ya miles de años.
Produce un efecto relajante, reduce la tensión, disminuye la coordinación y los reflejos, empeora la concentración y el tiempo de reacción.
Entorpece el habla, altera las emociones y provoca somnolencia.
Causa vómito, dificultad respiratoria, estados de inconsciencia e incluso de coma.
El alcohol actúa como depresor del sistema nervioso central. Por sus características, esta droga pasa con gran rapidez a la sangre y actúa a nivel de la formación reticular, sobre la médula espinal, la corteza cerebral y el cerebelo, así como sobre infinidad de sistemas de neurotransmisión.
El consumo de alcohol puede conducir a la dependencia. En este caso la situación se agrava, con síntomas habituales de náuseas, temblores, alteraciones del sueño y hasta alucinaciones y convulsiones.
Los daños que pueden producirse sobre el sistema nervioso son:
La sociedad alcohol-conducción ha devenido en un factor determinante de la siniestralidad en las carreteras (presente en uno de cada cuatro siniestros) y en preocupación primera de las tareas de concienciación social y prevención en las sociedades contemporáneas. Así que ya sabes: "Si bebes, no conduzcas".