Filosofía

Imaginemos una situación habitual que ejemplifica los planteamientos con los que trabajamos. En muchos países del mundo está prohibido conducir a mayor velocidad de un límite fijado. Imaginemos que un conductor excede dicho límite legal, pierde el control de su vehículo y tiene un accidente. Como resultado del accidente, se fractura ambas piernas y es trasladado a un hospital. Durante la exploración, el médico averigua que el accidente fue causado por la velocidad. Puesto que el exceso de velocidad es ilegal y está prohibido, el médico decide que el paciente es responsable de su accidente, y que debe pagar las consecuencias de su comportamiento ilegal. Así, le da el alta y le manda a casa con algunos analgésicos y anti-inflamatorios. Por regla general, la gente aceptaría que, en esta situación, el doctor debería ser demandado por mala práctica profesional. Parece evidente que un especialista nunca debe juzgar a su paciente, sino que está obligado a proporcionarle, en cualquier situación, el mejor cuidado disponible.

Continuemos con nuestro ejemplo. El citado doctor conoce la naturaleza de los huesos, pero considera que el descanso y la administración de analgésicos deberían ser suficientes para curar al paciente. No toma en cuenta el dolor y las molestias del herido, porque considera que finalizarán en un par de semanas. Para él, la única dificultad del tratamiento es conseguir que las piernas del enfermo vuelvan a recuperar sus funciones. Él sabe que el paciente probablemente tratará de evitar los penosos ejercicios que necesita realizar para rehabilitarse, e incluso tratará de engañar a su familia y cuidadores para no hacerlos. Podemos asumir que en estas condiciones será bastante improbable que los huesos curen de forma adecuada, y que cualquier intento de rehabilitación será infructuoso. Probablemente el paciente se quejará por el dolor y no seguirá las indicaciones del doctor para su rehabilitación. El doctor, entonces, puede considerar que el paciente no quiere curarse porque no está dispuesto a colaborar en la rehabilitación (en lugar de plantearse que el programa de tratamiento es inadecuado). El conocimiento actual nos indica que el uso de drogas daña mecanismos esenciales del cerebro, tales como receptores y neurotransmisores (“los huesos”). Si no son tratados adecuadamente, utilizando un programa de tratamiento individualizado e integral (en lugar de con la administración indiscriminada de tranquilizantes), es poco probable que los receptores y neurotransmisores del paciente se recuperen y que éste sea capaz de continuar de forma satisfactoria un programa de rehabilitación.

Los hechos mencionados son fundamentales para nuestros programas de investigación. Por ejemplo, en 1996 una investigación sobre el éxito de nuestro programa de tratamiento reveló que casi el 5% de los pacientes abandonaba el tratamiento tras dejar el hospital, antes del inicio del programa de rehabilitación. En lugar de responsabilizar al paciente o considerar su enfermedad como crónica, buscamos las razones que se hallaban tras este fallo para continuar con el tratamiento. Descubrimos que la principal causa del problema estaba en la reducción de unos determinados electrolitos y neurotransmisores cerebrales como la serotonina. Introdujimos este cambio en nuestro programa, y nos congratulamos de que en el momento actual la tasa de recaída de nuestros pacientes en ese momento del tratamiento es menor del 1%.