Un día encontraron a C. B., de 63 años, en un parque cercano a su casa, sentado en un banco, en un estado desolador. Casi inconsciente y totalmente desorientado, C. ni siquiera podía caminar. Un hombre que paseaba por el parque se acercó a él y cogió su teléfono móvil ante la insistencia de la llamada. Era la mujer de C., M., que preocupada porque su marido no había vuelto a casa, como había ocurrido en otras ocasiones, llamaba una y otra vez.
Este hombre anónimo le informó del lamentable estado de su marido y le recomendó que fueran a buscarle, C. no podía valerse por sí mismo. Así lo hizo acompañada de su hijo menor. Ese día decidieron que, a pesar de la frustrante experiencia de anteriores tratamientos fallidos, tenían que volver a intentarlo.
La hija mayor de C. tomó la iniciativa y comenzó una búsqueda de centros de tratamiento para alcohólicos. Se decidió por uno –se realizaba en un hospital, durante una estancia clínica muy breve y aparentemente sin sufrimiento- y C. accedió a intentarlo. En ese momento, ya habían pasado seis meses desde que le diagnosticaron la cirrosis, y tal y como recuerda M.: «En mi casa no se podía vivir. Era un auténtico infierno», afirma.
Cientos de miles de personas en nuestro país conviven día a día con el drama del alcoholismo o lo que es lo mismo, con la agresividad, la ansiedad, la depresión, el conflicto continuo, e incluso con el delirio, observando cómo sus familiares se convierten en desconocidos a los que el final les sigue de cerca. En los casos más extremos, como es el de C., estas personas también conviven con los problemas derivados de los serios daños hepáticos, y ni la gravedad de un posible trasplante de higado consigue despertarles.
«Tengo olvidada mi vida anterior» afirma C., después de cinco meses de tratamiento. Ha conseguido dejar el alcohol, pero además presenta una mejoría física y psicológica excepcional. Tanto es así, que el equipo de médicos que trata la cirrosis alcohólica que padece, cree que el paciente no tendrá que entrar en lista de espera de trasplante hepatico si su evolución sigue siendo tan satisfactoria.
Después de 30 años de adicción al alcohol, a C. se le han abierto las puertas a una nueva vida, «es una vida totalmente nueva. Me encuentro perfectamente, muy bien. Sé que todavía no hemos llegado al final del tratamiento, pero el camino que llevamos es magnífico», asegura.